martes, 23 de octubre de 2007

Crónica perfilada

Lecciones de un enamorado


Llegué a la redacción de Página 12 pensando cómo encarar a un personaje lleno de historias, con el oficio de periodista y escritor sobre el lomo. Su presencia cambió mis planes. Tenía a metros la mesa de entradas, cuando miré a la derecha por casualidad. Era un pequeño cuadrado de paredes amarillentas. A mi derecha, un joven frente a una computadora con un dibujo en blanco y negro. A mi izquierda un hombre calvo, despatarrado y que no cabía en la silla. Juan Sasturain prestaba atención a una serie de diseños que Lautaro le mostraba.

Me presenté. Fueron cinco incómodos segundos por la mirada perdida del escritor (¿una broma de quien ha pasado por mi situación alguna vez o simplemente lo que tardó en refrescar su memoria?) Luego me sorprendí porque Juan me halagó: “¡Qué bueno que viniste!” Se levantó y apoyó su mano en mi hombro: “¿Qué necesitás tocayo?”

Minutos después tomábamos un café sobre la calle Belgrano. Paradójicamente quería conocerme. “¿A qué te dedicás?”, preguntó. Era agradable, a cada respuesta él agregaba algo: “Yo también fui diariero, mi primer trabajo en Buenos Aires. Trabajaba en Perú y Avenida de Mayo. El problema es que me jodía la gola, de tanto gritar la sexta”. Eso fue en el 64, cuando llegó para estudiar Letras. Antes, su infancia había sido una mudanza perpetua porque su padre era empleado del Banco Provincia y lo cambiaban de destino cada dos años y medio. Tiene un récord de diez asentamientos: Lobería, Médanos, Rauch, Mar del Plata, entre otros. Le pregunté por la incidencia de tantos movimientos: “En lo psicológico deja huella, en tu relación con los afectos. Cuando repasás tu vida no tenés testigos con quien recapitular tu historia”, reflexionó Sasturain.

Contó también que unos días atrás un chico en bicicleta le gritó “pelado, que bueno está el programa”. El proyecto que encabeza, Ver para leer los domingos a la madrugada por TELEFE, lo tiene feliz. Abrió bien los ojos por encima de las gafas fijas en la mitad de la nariz. “La tele de aire es muy fuerte, la exposición genera que la relación con la gente cambie inmediatamente. Es lindísimo, el otro día me gritaron ´aguanten los libros´”, dijo Juan mientras se reía a carcajadas.

Llevaba mocasines, pantalones gastados marrones, camisa, pulóver bordó, apoyaba sus manos en su falda y me miraba atentamente. Los rayos de sol hacían de la calva de Juan un territorio espejado, los pelos negros y las canas se expandían desprolijos en la nuca y sobre las orejas.

Ver para Leer acerca la literatura al público masivo a través de situaciones comunes. “Intento transmitir la alegría de algo que disfruto, que no hago por obligación ni necesidad. Uno se enriquece con la lectura porque es una fuente de riqueza intelectual. También uno mejora charlando con la gente como lo estamos haciendo nosotros, andando por la calle ¿no?”, se entusiasmaba.

Luego de la época de canillita fue profesor de literatura en un colegio. Me explicó que dentro del sistema educativo la lectura no está asociada al placer, por eso es difícil transmitírsela a los chicos. “Debés experimentar el placer por leer para poder transmitirlo”, aseguró y lanzó la frase que aún me moviliza: “Para enamorar hay que estar enamorado, sino no se puede”.

De nuevo en el cuadrado amarillento, lo esperaba Lautaro Ortiz, jefe de redacción de Fierro. La historieta argentina, la revista que dirige. El joven tenía una pauta en la mano con los historietistas para el próximo número. A los 61 años, Sasturain es un maestro que acompaña a sus discípulos. A cada propuesta del muchacho, Juan hacía comentarios y le agregaba: “¿te parece bien Lautarito?” Se exaltaba a cada momento, lo apasiona su trabajo. Le sugirió lanzar en el próximo número un homenaje al “maestro” Héctor Oesterheld y finalizó la reunión de producción con “¿estás contento Lautarito?”.

En 1973 Sasturain dictaba clases en la Facultad de Filosofía y Letras en la UBA y en Rosario, en las cátedras de Literatura argentina y Teoría Literaria. Intentaba dar lucha ideológica incorporando la literatura de masas y la historieta. Ésta última comenzó a ocupar un lugar importante en su vida. Para él las historietas son “un soporte insustituible porque han descubierto que tienen medios propios; tienen el valor de cualquier otro género. Lo maravilloso es que mantiene la condición artesanal: no necesitás más que un papel y un lápiz y hacés una historieta que podés publicar”.

Juan mezcla en sus creaciones a la literatura con el fútbol: publicó “El día del arquero”, escribió la sección de fútbol “Wing de Metegol” en la revista Página 30, que luego se transformó en un libro, y escribe semanalmente una columna sobre este deporte en Página 12. No es fanático, es hincha de Boca, dijo que le gusta la competencia y el juego. Juan debía quedarse en el diario para escribir sobre un partido que el club de la franja amarilla en la panza jugaría por la Copa Libertadores de América. Le agradecí y me despidió con un fraternal “para esto están los amigos”.


La literatura como eje

Le pregunté si había utilizado la literatura para conquistar mujeres: “Para ganarme no, pero para recuperar sí. ¡Sí señor! -gritaba mientras sonreía- hay cosas que uno sabe hacer, hay que usar las pocas boludeces que uno sabe y usarlas para cosas importantes”. Esa “cosa importante” es Liliana Sclair, coguionista de Mujeres Asesinas y ganadora del Martín Fierro. Contó que es el vínculo más importante que tuvo en los últimos catorce años. “En el primer tercio de la relación yo estaba inestable. No quería que viviéramos juntos”, se sinceró. Le pregunté si se podía relacionar el rechazo al compromiso con su infancia marcada por el desapego. Dijo que no, que “quizás un psicoanalista diga que sí. Quise volver, me sacaron la roja, me di cuenta que esa mina me importaba y tuve que laburar. Le mandaba poemas”.

Gran parte de las respuestas de Juan se relacionan con el fútbol: para él la literatura y la pelota no son pasiones excluyentes. “Si hay mucha gente que escribe y ama ese deporte, lo que pasa es que no escribe sobre eso pero le gusta. La novedad es que el fútbol se transforme en tema de reflexión, de escritura o de ficción”, explicó.
La vida de Juan tiene a la literatura como eje fundamental. Es su profesión, es su diversión y hasta vivió gran parte de su vida con una mujer amante de las letras.

Al salir del café nos cruzamos con Francisco De Narváez (candidato a gobernador de la Provincia de la Buenos Aires). “Que hijo de puta. ¡Candidato sin partido!”, me causó gracia el comentario y más el vocabulario barrial de Sasturain: las puteadas se intercalaban en la mayoría de sus declaraciones.

En 1971 colaboró en el área cultural del diario La Opinión, recordó anécdotas y destacó a sus compañeros: “Al lado estaba el gordo Soriano que estaba por escribir su primera novela, escribía Paco Urondo, Walsh... Hacían del periodismo un ejercicio de escritura consciente y creativa.”

Su trabajo le permitió andar por muchos lados: Rusia, Italia, Francia, entre otros países; le pregunté y respondió con orgullo: “He vivido siempre en la Argentina. Salvo tres años que viví en España. No puedo hablar con autoridad de los lugares que visité. Me gusta Barcelona, New York y Venecia. Son lugares que cualquiera puede disfrutar”. Juan se mostraba como un hombre común siempre. Actuaba como si sus historias fuesen las mismas que las de cualquier persona, entonces hice foco y pregunté sobre temas en los que sí puede hablar con autoridad: “Uno cambia la manera de escribir con los años. Se adquiere conciencia sobre lo que uno escribe y sobre tus límites. No por eso es mejor. La conciencia de la escritura es saludable pero por otro lado un exceso de conocimiento de tus medios es negativo porque conocés los efectos, y podés manejar ciertas recetas”.

Recuerdo claramente una frase de los encuentros con Juan Sasturain: “Para enamorar hay que estar enamorado; para poder transmitir la pasión por la literatura, hay que sentir la pasión”. Esa la transmitía en cada respuesta, en cada recuerdo, en cada reflexión: Juan Sasturain, un apasionado de la literatura.

Le pregunté si había utilizado la literatura para conquistar mujeres: “Para ganarme no, pero para recuperar sí. ¡Sí señor! -gritaba mientras sonreía- hay cosas que uno sabe hacer, hay que usar las pocas boludeces que uno sabe y usarlas para cosas importantes”. Esa “cosa importante” es Liliana Sclair, coguionista de Mujeres Asesinas y ganadora del Martín Fierro. Contó que es el vínculo más importante que tuvo en los últimos catorce años. “En el primer tercio de la relación yo estaba inestable. No quería que viviéramos juntos”, se sinceró. Le pregunté si se podía relacionar el rechazo al compromiso con su infancia marcada por el desapego. Dijo que no, que “quizás un psicoanalista diga que sí. Quise volver, me sacaron la roja, me di cuenta que esa mina me importaba y tuve que laburar. Le mandaba poemas”.

Gran parte de las respuestas de Juan se relacionan con el fútbol: para él la literatura y la pelota no son pasiones excluyentes. “Si hay mucha gente que escribe y ama ese deporte, lo que pasa es que no escribe sobre eso pero le gusta. La novedad es que el fútbol se transforme en tema de reflexión, de escritura o de ficción”, explicó.
La vida de Juan tiene a la literatura como eje fundamental. Es su profesión, es su diversión y hasta vivió gran parte de su vida con una mujer amante de las letras.

Al salir del café nos cruzamos con Francisco De Narváez (candidato a gobernador de la Provincia de la Buenos Aires). “Que hijo de puta. ¡Candidato sin partido!”, me causó gracia el comentario y más el vocabulario barrial de Sasturain: las puteadas se intercalaban en la mayoría de sus declaraciones.

En 1971 colaboró en el área cultural del diario La Opinión, recordó anécdotas y destacó a sus compañeros: “Al lado estaba el gordo Soriano que estaba por escribir su primera novela, escribía Paco Urondo, Walsh... Hacían del periodismo un ejercicio de escritura consciente y creativa.”

Su trabajo le permitió andar por muchos lados: Rusia, Italia, Francia, entre otros países; le pregunté y respondió con orgullo: “He vivido siempre en la Argentina. Salvo tres años que viví en España. No puedo hablar con autoridad de los lugares que visité. Me gusta Barcelona, New York y Venecia. Son lugares que cualquiera puede disfrutar”. Juan se mostraba como un hombre común siempre. Actuaba como si sus historias fuesen las mismas que las de cualquier persona, entonces hice foco y pregunté sobre temas en los que sí puede hablar con autoridad: “Uno cambia la manera de escribir con los años. Se adquiere conciencia sobre lo que uno escribe y sobre tus límites. No por eso es mejor. La conciencia de la escritura es saludable pero por otro lado un exceso de conocimiento de tus medios es negativo porque conocés los efectos, y podés manejar ciertas recetas”.

Recuerdo claramente una frase de los encuentros con Juan Sasturain: “Para enamorar hay que estar enamorado; para poder transmitir la pasión por la literatura, hay que sentir la pasión”. Esa la transmitía en cada respuesta, en cada recuerdo, en cada reflexión: Juan Sasturain, un apasionado de la literatura.

JUAN MANUEL VARELA.

Canción

Un Angel para tu Soledad
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota



“Ya sufriste cosas mejores que éstas
y vas a andar esta ruta hoy, cuando anochezca”


Se utilizó un plano general, para dar cuenta del camino que va a recorrer el protagonista. También una cámara de perfil tres cuartos, para notar que se encuentra reflexionando.





“Tu esqueleto te trajo hasta aquí
con un cuerpo hambriento, veloz
y aquí, gracias a Dios,
uno no cree en lo que oye”


Al general se agregó un plano detalle, para comprender el sentido de la imagen, que es la indiferencia al objeto. Para darle un mayor sustento a la idea se escogió una cámara contraplano. El protagonista no presta atención a la tele, sino que ve más allá de ella.





“Es tan simple así...
(no podés elegir)
claro que no siempre, ves?? Resulta bien”


Nuevamente un plano general, ya que el entorno del protagonista le da un plus a su estado de
ánimo. En este caso se eligió una cámara picada, que brinda una sensación de inseguridad.


















“Atado con doble cordel
(el de simular)”


Para esta foto se utilizó un primer plano frontal, con el objetivo de sobredimensionar el engaño del protagonista.






















“No querés mirar maniatado, querés faulear...
Y arremolinar!”

Aquí se optó por un plano pecho, que otorgue cierta cercanía a la imagen como para que el gesto del protagonista pueda apreciarse de buena forma. Con el mismo objetivo se usó la cámara perfil, ya que de otro modo no se hubiesen visto los ojos cerrados.






















“Medís tu acrobacia y saltás.
Tu secreto es:
La suerte del principiante no puede fallar”


Plano entero y cámara contrapicada. Es una foto fundamental, que denota un cambio en la actitud del protagonista. Se juega mucho con la imagen en off, ya que el personaje clava la mirada en el vacío, como mentalizándose en aquello.





“Alguna vez, quizá se te va la mano
y las llamas en pena invaden tu cuerpo”

Se buscó una sensación de impacto, con un plano detalle frontal y contundente. La imagen siempre está directamente relacionada con el estado anímico que produce el relato.


















“Y caes en manos del Angel de la Soledad
y él, gracias a Dios!
tampoco cree en lo que oye”


Se introdujo un plano medio a través de una cámara contrapicada, para que el protagonista y aquella luz en el cielo puedan ser abarcados en la misma imagen. También juegan un plano detalle y un perfil tres cuartos.






















“Angel de la Soledad
y de la desolación
preso de tu ilusión vas a bailar”


Acá aparece un plano detalle conjunto, si se acepta la variante, o en su defecto dos planos detalle en una sola imagen. La foto invita a avanzar (o bailar), y escoger un camino, en busca de lo que uno quiere (o su ilusión).






















“A bailar! Bailar!”

Para la última imagen se usó una cámara picada, que se acerqué lo máximo posible a una cenital, para expresar el esfuerzo que significa llegar a la meta.
La historia elegida da fuerzas para nunca perder de vista la meta.




FACUNDO BAÑOS, JUAN MANUEL VARELA.

Museo Evita

Evita (1919-1952)
Un sentido homenaje


Cuenta la historia que el 8 de febrero de 1946 Eva Duarte iba a tomar la palabra por primera vez, durante una reunión en el Luna Park, pero la multitud reclamó la presencia de Perón y ahogó el intento. Ocurrió unos días antes de las elecciones presidenciales. El pueblo aún no estaba listo para recibir órdenes de una mujer, pero eso pronto cambiaría.
Dos años después, Evita fundaba el Hogar de Tránsito Nº2, en Lafinur 2988, con el fin de ayudar a todas las madres que tuviesen problemas para atender a sus hijos. Para aquel entonces la primera dama ya tenía una participación sumamente activa en cuestiones político-sociales. Hoy, en ese mismo edificio de Palermo, funciona el Museo que todos los días recuerda la vida y obra de esta mujer que, con enorme valentía, mostró el camino a los argentinos.
Adquirió valores inquebrantables, producto de una infancia difícil, pero entonces Evita desconocía su destino. Desde pequeña quiso ser actriz y desarrolló una carrera con tal propósito; sin embargo, la vida le enseñaría otro guión, con un rol protagónico que no había imaginado. Consta en el museo que transcurría el año 1949 cuando, al frente de una Institución de ayuda social cada vez más abarcadora, dijo: “Aquí no se atiende al pobre por piedad o misericordia, sino por ser un ciudadano argentino que se halla en desgracia, pero que merece ser considerado, al igual que los demás”.
El Museo Evita refleja su discurso con fidelidad. Hay, por ejemplo, una grabación del Cabildo Abierto que se produjo en agosto de 1951, en vísperas de unas nuevas elecciones. Ese día, cuando el Presidente Perón tomaba la palabra, se oyó desde la multitud: “¡Deje hablar a la compañera Evita!”. Faltaba poco para su muerte, pero su firma ya lucía en las páginas de la historia.

FACUNDO BAÑOS.

Encierro del Rock

TENDENCIAS POST CROMAÑÓN

El encierro del rock
Las imposiciones municipales endurecidas tras el incendio del boliche de Almagro dispararon en el ambiente musical alternativas sin control y que mantienen alto grado de peligrosidad.

Esta noche hay un recital en un departamento en Almagro. ¿En una departamento? Sí, en la puerta de Yatay al 400 (timbre 2) tras atender el portero eléctrico Guillermo Airoldi oficia de anfitrión porque con su grupo Adentro organizaron una fiesta con música en vivo. Los instrumentos a pasos de la cocina y el calefón. Guille apaga algunas luces, las melodías suaves y los sillones distribuidos estratégicamente alrededor de un improvisado e ínfimo “escenario”, recrean un universo más cercano a una siesta que a una noche de show. Sin embargo, el timbre suena constantemente y Guillermo pide a sus huéspedes que se acomoden, que ya vuelve. En una hora el cuarto (de cuatro por seis) donde el artista ejerce como profesor de trombón y de canto durante los días de semana está al borde del colapso. Alrededor de 35 personas han llegado con sus respectivas botellas de cerveza (el único requerimiento que pide el anfitrión para ingresar en su fiesta) y el espectáculo está por comenzar.
Este tipo de fiestas en casas (sin ninguna medida de seguridad), en quintas, o en boliches que se jactan de organizar fiestas clandestinas (pero que de clandestino tienen apenas el nombre), son tendencias que comenzaron a gestarse en diciembre de 2004 tras el incendio en el boliche Cromañón.
Músicos y encargados de seguridad de los boliches protestan por las medidas establecidas, al tiempo que los representantes del gobierno incorporan normas exageradas o que, quizá, no apuntan al centro de la cuestión. Son tiempos de barajar y dar cartas. A lo largo de este trabajo, conviven opiniones enfrentadas, y salen a la luz intereses contrapuestos. Todo forma parte de una realidad que presta a confusiones. Así será, por lo menos, hasta que los límites comiencen a clarificarse.

“El 30 de diciembre de 2004. El día que todo cambió”
Mariano Gileno es uno de los responsables de Asbury, un boliche de Flores que alberga a recitales y que, después de Cromañón, ha sido habilitado para recibir un máximo de 216 personas. El piensa que la tragedia de Once tuvo lugar porque “no había ningún tipo de exigencias”, y que luego quisieron solucionar todo en un día. Adrián Martín, un fiscal contravencional de la Ciudad de Buenos Aires, explica cuáles son las restricciones que el gobierno impuso a los boliches después del 30 de diciembre: “Los locales deben respetar una capacidad máxima, que fue nuevamente establecida luego de Cromañón; también deben ser inscriptos en un registro público de lugares nocturnos, que figura en la página del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires; deben tener un cartel en la entrada que señale la clasificación del local, la cantidad de personas que puede albergar y el nombre del titular; para los recitales, además, deben poseer un permiso especial y tienen que contratar un bombero, que permanezca dentro de las instalaciones”.
“Todo se eleva –sigue Gileno-. Hay muchos grupos que no siguen tocando porque no pueden cubrir los costos, entonces aumentan los precios de las entrada o buscan otro tipo de publicidad”. El último eslabón del efecto Cromañón parece ser el bolsillo del consumidor.
Son muchos los boliches que han cerrado sus puertas por no poder afrontar los gastos que requieren las nuevas exigencias. Los espacios para la expresión artística cada vez son más reducidos. Diego García, sociólogo recibido en la Universidad de Buenos Aires, explica que la cultura se construye de manera elitista y es atravesada por las relaciones de poder político. “Un sector de artistas se verá favorecido y protegido por el Estado, pero lo que pase alrededor de ese círculo privilegiado carecerá de importancia”, sentencia el licenciado.
Nicolás Rañales es el responsable de todos los espectáculos que se organizan en el Imaginario Cultural, un pintoresco bar ubicado en Bulnes y Guardia Vieja. “A partir de la tragedia, se instauró un nuevo término en la sociedad, que es habilitación”, dice Rañales. ¿Qué tal? ¿Estás habilitado?, preguntan los chicos apenas entran al local. “Nadie sabe qué es, pero está”, concluye. Gileno, por su parte, ya está cansado del público que sigue a las bandas de rock que recibe en Asbury: “Hay muchas veces que veo a pibes que mantienen las mismas actitudes; probablemente hayan estado en Cromañón, y siguen viniendo con un bolso lleno de papeles, que pueden originar un incendio. Después, si un encargado de seguridad los advierte, se quejan y dicen que el boliche es una porquería… no es así”.

Ecos de Cromañón
Más de dos años han transcurrido desde aquel trágico recital de Callejeros, donde perdieron la vida 194 personas. A pesar de la enorme dimensión del impacto, todo indica que los patrones de conducta en el ambiente del rock no se han alterado, y que los intentos por promover un mejor espacio se van desdibujando con el tiempo.
Rañales analiza las exigencias de los inspectores municipales: “En realidad, las reglamentaciones son las mismas, sólo que antes se ignoraban, recién ahora saben que te tienen que pedir una cantidad de matafuegos por metros cuadrados”. Por su parte, Matías Macaluse de 22 años, guitarrista de Pra-Cima, una banda reggae de la zona oeste de Buenos Aires, no sabe responder sobre estas cuestiones de seguridad. Comenta que ellos, cuando arman una fecha, no llevan control, porque saben que la gente que los sigue es tranquila.
García indica que la conmoción que produjo el incendio de Cromañón mutó, paulatinamente, en un significado vacío, porque no hubo de parte del Estado respuestas serias a la situación. “No es una cuestión de control. Las mismas oficinas públicas, como el ANSES, desacreditan las normas de seguridad; entonces, un problema es que el Estado no se sanciona a sí mismo”, critica el sociólogo. Las fiestas que se realizan en las Facultades de Filosofía y Letras y en la de Ciencias Sociales, desbordadas de personas y sin las normas de seguridad adecuadas, certifican las palabras del licenciado. El fiscal Martín agrega que, siempre que una actividad es tildada como peligrosa, se corta de raíz. Para explicar su postura, traslada la lógica al absurdo: “Se cae un avión. ¿Qué pasa? ¿Vemos cómo hacemos para que no se caiga, o los prohibimos? Y muchas veces resuelven prohibir aviones…”
En el estado actual de cosas, en materia de seguridad, Rañales cuenta que puede pasar lo siguiente: “Vas a un bar con tres amigos. Uno de ellos saca una guitarra, y se pone a tocar en la mesa. En eso entra un inspector, y le dice al dueño del bar:
-¡No, usted no puede hacer música acá!
-¡Yo no tengo nada que ver! El pibe sacó la guitarra y se puso a cantar…
-Bueno. Este lugar no está habilitado…
Y, si quiere, clausura el boliche.
Martín explica que habría que revisar la nueva normativa, punto por punto, para saber qué cosas aportan seguridad y cuáles entorpecen la situación. “Piden que el dueño de un lugar tenga actualizado el certificado que lo libra de antecedentes penales –ejemplifica-. ¿Cuál es el verdadero sentido de que alguien que cumplió una condena no pueda ejercer la actividad de tener un boliche?” El sociólogo García explica que, quizá, la garantía de espacios públicos para la expresión artística sería un germen de solución para esta difícil problemática.

Somos músicos, queremos tocar
El día que Rañales supo que se estaban haciendo fiestas y recitales en quintas, fue a ver cómo era, y no lo pudo creer. “Llegué de noche y había 500 tipos en pedo, y pensé: ¿Qué es esto? ¿Cómo llegó todo esta gente acá?” Toques en casas y fiestas en quintas. Salidas que los jóvenes encuentran para hacer lo que les gusta, cuando el Estado no ofrece opciones que los satisfaga. Macaluse, de Pra-Cima, cuenta que en Parque Leloir hace bastante que se usan las quintas para hacer reuniones: “Son fiestas que empiezan a la tardecita y, por ahí, terminan a la mañana del día siguiente… incluyen música, djs, barras, y tocan bandas en vivo”.
Se plantea una disyuntiva cuando se acumulan testimonios respecto a estas nuevas tendencias, que surgen y se diversifican de modos difíciles de prever: Macaluse explica que la movida misma empuja a tener que generar algo distinto y que, por ese motivo, empezaron a tocar en la propia casa del bajista de la banda. Por su parte, Rañales, dice que cada uno es libre de hacer lo que quiere, sin embargo, a su modo de ver, esa es una actitud muy hippie, que no conduce a nada. “Yo entiendo que los chicos están enojados con todo un sistema, pero no se dan cuenta de que así terminan más adentro que laburando. Desde tu casa no generás nada: no generás trabajo, no generás movimiento… tampoco adrenalina, ni nadie que te conozca”. El organizador revela los costos que maneja con las bandas: para tocar en El Imaginario, los jueves y domingos deben pagar $170. Los viernes y sábados la tarifa se incrementa a $250. “Antes cobraba más barato –aclara-. El aumento se debió a que hubo que hacer un montón de refacciones que, de algún modo, debimos amortizar”.
Al margen de cuestiones de sentido común, Martín recuerda que este año se anexó un nuevo artículo al Código Contravencional, el 110 bis de la ley 2195. Este agregado abarca a las fiestas clandestinas, que se organizan con fines de lucro: Será sancionado todo aquel que, mediante cualquier artificio, ocultamiento o engaño, encubra actividades de baile o permita el ingreso masivo de personas en lugares que no poseen la habilitación reglamentaria. El fiscal cuenta que los imputados en una inspección suelen esgrimir que se trata de una fiesta privada… “Cada uno permite el ingreso a su propiedad de la cantidad de gente que quiere, siempre y cuando no ejerza una actividad lucrativa. Cuando es así, los inspectores se acercan como cualquier hijo de vecino, y preguntan por la entrada; si les cobran el acceso, entonces tendrán los argumentos necesarios, para después obrar en consecuencia”. La multa establecida por el artículo 110 bis oscila entre los 500 y los 2000 pesos.
Otra banda que adoptó la posibilidad de hacer música en la intimidad de una casa es Guillermo Airoldi y Adentro. Cada tanto, invitan al público a acercarse al 400 de la calle Yatay, en Capital Federal, donde Guillermo, cantante y guitarrista del trío, convive con su novia. El mismo comenta que fue algo que surgió espontáneamente: “La primera vez que lo hicimos fue para inaugurar mi casa, en marzo de 2005. Luego, armamos unos ciclos, con tres artistas; pero, en principio, no se debió a la falta de lugares para tocar”. En una entrevista que tuvo lugar allí, en la misma habitación donde se reúne la banda, Airoldi aclara que, a sus 32 años, se mueve en un círculo totalmente ajeno al ambiente del rock, “donde siempre te quieren cagar”.


El impacto sonoro
Como Rañales, Gileno también se sorprende de la realización de las llamadas fiestas clandestinas: “Me llama la atención el fenómeno, porque en Asbury nos exigen requisitos que una casa nunca podría cumplir, como es un estudio previo de impacto ambiental que garantice el bienestar de los vecinos”. Los roles están marcados, y las diferencias se tornan evidentes: por un lado, quienes se ocupan de la organización de los shows en lugares sin las habilitaciones correspondientes en lugares públicos fomentan, por uno u otro motivo, la imposibilidad de tránsito por estos nuevos caminos que el arte propone; en el otro rincón, los músicos desconocen las restricciones oficiales, y parece no preocuparles el riesgo que acarrean estas acciones, que exigen la protección de todas y cada una de las personas que convocan.
El obstáculo más próximo y certero en cuanto a la realización de estas reuniones tiene nombre y apellido: Ruidos Molestos. La abogada Aurora Ruiz Díaz explica que no sólo se producen en una fiesta: “Es común que el detonante sea el encierro de un animal durante un período determinado. También, los ruidos constantes de un taller montado clandestinamente en una casa familiar son perjudiciales para los vecinos y susceptibles de ser denunciados”. Sin embargo, aclara que la perturbación debe ser mantenida para ser juzgada, y no es el caso de una fiesta aislada. “Aún en derecho debe prevalecer el sentido común”, analiza Ruiz Díaz.
Existe un factor determinante en cuanto a la expansión sonora producida por una banda: la amplificación de los instrumentos que utilizan. Es un tópico que abre grietas aún entre los mismos músicos, en cuanto a la manera que eligen para pensar y manejar estos acontecimientos. Pra-Cima opta por incorporar amplificadores en sus recitales, porque entienden que es la única manera de llegar a las 200 personas que van a sus shows en la casa donde se presentan generalmente. Entonces, antes de cada fiesta hogareña, recorren la manzana y hablan con los vecinos, para lograr consenso y evitar sorpresas durante el show. Macaluse cuenta que: “Las pocas veces que acudió la Policía, pudimos llegar a un acuerdo sin mayores inconvenientes sin que medie un billete ni nada, se les explicó la situación, se fueron sin problemas y pudimos seguir tocando”. Airoldi, en cambio, presenta un set acústico y relajado. Recuerda que sólo una vez debieron suspender el recital y fue porque, en esa ocasión, se habían reunido un jueves por la noche. “En general, no tenemos problemas con los vecinos, los sábados nos quedamos tocando el bombo hasta las cinco de la mañana, bailando y cantando. Al otro día escucho algunos comentarios de pasillo, pero nada serio”, comenta el músico.

Internet, la herramienta indispensable
“Nosotros pegábamos carteles, volanteábamos mucho, luego vimos que se estaban generando otros métodos”. Macaluse cuenta que creó un fotolog, especialmente para su banda, Pra-Cima (NdeR: página web personalizada), y que ese medio facilita muchísimo el trabajo de difusión: “Las últimas fechas las publicamos solamente en Internet y se juntaron entre 200 y 300 personas”.
La tendencia de las fiestas caseras exige, como bien dijo el guitarrista, que las mismas bandas generan nuevas ideas. Gran parte de ellas tienen que ver con la forma y las herramientas que utilizan para que el público pueda acceder a su música. En cuanto a la difusión de sus presentaciones, Airoldi también mete mano a las posibilidades que ofrece la tecnología: tiene una lista de contactos, en su correo electrónico, que se amplía a medida que conoce nuevas personas; a todos ellos envía la correspondiente invitación a cada una de sus reuniones. De todos modos, aclara que, cuando se trata de su casa, no realiza una difusión exhaustiva, porque las pretensiones son otras. En esos casos, presta más atención a la calidad del show y a las comodidades que pueda brindar puertas adentro, en detrimento de la posible cantidad de personas que pueda convocar.
García dice que los grupos quieren que la gente los vea y los contactos tienen más que ver con una cuestión contracultural relacionada a la Internet, a relaciones más horizontales. Guillermo Airoldi y Adentro no refleja la opinión del sociólogo, pero sólo por una cuestión de tiempos y crecimiento personal de su líder: él mismo recordó, a lo largo de la entrevista, sus épocas de joven rocker, cuando salía a tocar con su banda del momento y a romper con los esquemas tradicionales. Hoy experimenta otros caminos, que requieren una dosis de respeto y confianza hacia los demás: “Acá hicimos quince fiestas y nunca hubo un problema. Nadie va a venir borracho ni se va a descontrolar. Quienes tengan esa expectativa directamente no se enteran de mi propuesta, porque están en otra movida, como ir a la cancha o a una discoteca; tampoco creo que les interese… acá se aburrirían”.
Nunca perderá vigencia el viejo y conocido boca a boca. Tampoco dejarán los jóvenes de hacer la pegatina de afiches por las calles de la ciudad. Sin embargo, a esta altura de las circunstancias, queda claro que las herramientas informáticas representan el modo de comunicación más eficaz y accesible.
Las fiestas clandestinas, ya sea en casas, en boliches o en quintas sin las habilitaciones correspondientes se han instalado como una alternativa frente a las imposiciones post Cromañón. Los músicos reivindican esta modalidad y los encargados de boliches las critican como pueden. “El Estado no facilita la expresión artística de los músicos lo cual constituye una censura previa, una medida represiva. Ante esto, está fomentando involuntariamente estas fiestas y gestando nuevas alternativas cuyo desenlace es impredecible”, culmina el sociólogo Diego García.


Recuadro: ¿Dónde está la clandestinidad?
Diego García no comprende el por qué de llamar clandestinas a estas fiestas. Entiende que puede ser una deformación del término, porque en verdad esta modalidad no reúne las características de lo prohibido. “Son fiestas publicitadas con afiches en las calles y difusión cibernética, lejos están de la clandestinidad”, analiza el sociólogo. Se refiere a las difundidas en lugares como El teatro, El treatrito, Niceto Club, entre otras, donde un día de la semana se nomina a la noche, Fiesta Clandestina, pero de clandestino no tienen nada, porque al día siguiente en el lugar se realizan otras con diferente temática.
Buenos Aires Discordantes como ellos mismos se presentan en un mail de difusión, es “una banda de vientos que explora los ritmos de la música circense y la música balcánica, desde una perspectiva latinoamericana.” Este grupo, liderado por Ariel Sánchez, había convocado a la gente para que fuera a una fiesta en la denominada Casa Clandestina -Sarmiento 777-, el sábado 2 de junio, vísperas de elecciones en la Ciudad de Buenos Aires.
Sobre el filo de esa noche enviaron un nuevo mail a sus contactos, esta vez informando la suspensión del recital: “Pedimos disculpas, por razones que nos exceden, el show previsto ha sido suspendido”, alegaron. En el mismo correo, aclaran que los organizadores de la fiesta habían dicho tener pleno conocimiento de la situación y que de todos modos la misma se llevaría a cabo. “No organizan como deberían, ni la fiesta es tan clandestina como dicen”, sentencian.
Resulta evidentemente complicada la organización de este tipo de fiestas y, en el medio, los jóvenes, cautivos en la noche porteña. Las reuniones anunciadas en el Salón Pueyrredón, en Santa Fe y Godoy Gruz, también se suspenden con asiduidad, a causa de las inspecciones. El sociólogo concluye que “estas fiestas clandestinas terminan siendo un concepto vacío”.

FACUNDO BAÑOS, JUAN MANUEL VARELA.