Crónica perfilada
Lecciones de un enamorado
Llegué a la redacción de Página 12 pensando cómo encarar a un personaje lleno de historias, con el oficio de periodista y escritor sobre el lomo. Su presencia cambió mis planes. Tenía a metros la mesa de entradas, cuando miré a la derecha por casualidad. Era un pequeño cuadrado de paredes amarillentas. A mi derecha, un joven frente a una computadora con un dibujo en blanco y negro. A mi izquierda un hombre calvo, despatarrado y que no cabía en la silla. Juan Sasturain prestaba atención a una serie de diseños que Lautaro le mostraba.
Me presenté. Fueron cinco incómodos segundos por la mirada perdida del escritor (¿una broma de quien ha pasado por mi situación alguna vez o simplemente lo que tardó en refrescar su memoria?) Luego me sorprendí porque Juan me halagó: “¡Qué bueno que viniste!” Se levantó y apoyó su mano en mi hombro: “¿Qué necesitás tocayo?”
Minutos después tomábamos un café sobre la calle Belgrano. Paradójicamente quería conocerme. “¿A qué te dedicás?”, preguntó. Era agradable, a cada respuesta él agregaba algo: “Yo también fui diariero, mi primer trabajo en Buenos Aires. Trabajaba en Perú y Avenida de Mayo. El problema es que me jodía la gola, de tanto gritar la sexta”. Eso fue en el 64, cuando llegó para estudiar Letras. Antes, su infancia había sido una mudanza perpetua porque su padre era empleado del Banco Provincia y lo cambiaban de destino cada dos años y medio. Tiene un récord de diez asentamientos: Lobería, Médanos, Rauch, Mar del Plata, entre otros. Le pregunté por la incidencia de tantos movimientos: “En lo psicológico deja huella, en tu relación con los afectos. Cuando repasás tu vida no tenés testigos con quien recapitular tu historia”, reflexionó Sasturain.
Contó también que unos días atrás un chico en bicicleta le gritó “pelado, que bueno está el programa”. El proyecto que encabeza, Ver para leer los domingos a la madrugada por TELEFE, lo tiene feliz. Abrió bien los ojos por encima de las gafas fijas en la mitad de la nariz. “La tele de aire es muy fuerte, la exposición genera que la relación con la gente cambie inmediatamente. Es lindísimo, el otro día me gritaron ´aguanten los libros´”, dijo Juan mientras se reía a carcajadas.
Llevaba mocasines, pantalones gastados marrones, camisa, pulóver bordó, apoyaba sus manos en su falda y me miraba atentamente. Los rayos de sol hacían de la calva de Juan un territorio espejado, los pelos negros y las canas se expandían desprolijos en la nuca y sobre las orejas.
Ver para Leer acerca la literatura al público masivo a través de situaciones comunes. “Intento transmitir la alegría de algo que disfruto, que no hago por obligación ni necesidad. Uno se enriquece con la lectura porque es una fuente de riqueza intelectual. También uno mejora charlando con la gente como lo estamos haciendo nosotros, andando por la calle ¿no?”, se entusiasmaba.
Luego de la época de canillita fue profesor de literatura en un colegio. Me explicó que dentro del sistema educativo la lectura no está asociada al placer, por eso es difícil transmitírsela a los chicos. “Debés experimentar el placer por leer para poder transmitirlo”, aseguró y lanzó la frase que aún me moviliza: “Para enamorar hay que estar enamorado, sino no se puede”.
De nuevo en el cuadrado amarillento, lo esperaba Lautaro Ortiz, jefe de redacción de Fierro. La historieta argentina, la revista que dirige. El joven tenía una pauta en la mano con los historietistas para el próximo número. A los 61 años, Sasturain es un maestro que acompaña a sus discípulos. A cada propuesta del muchacho, Juan hacía comentarios y le agregaba: “¿te parece bien Lautarito?” Se exaltaba a cada momento, lo apasiona su trabajo. Le sugirió lanzar en el próximo número un homenaje al “maestro” Héctor Oesterheld y finalizó la reunión de producción con “¿estás contento Lautarito?”.
En 1973 Sasturain dictaba clases en la Facultad de Filosofía y Letras en la UBA y en Rosario, en las cátedras de Literatura argentina y Teoría Literaria. Intentaba dar lucha ideológica incorporando la literatura de masas y la historieta. Ésta última comenzó a ocupar un lugar importante en su vida. Para él las historietas son “un soporte insustituible porque han descubierto que tienen medios propios; tienen el valor de cualquier otro género. Lo maravilloso es que mantiene la condición artesanal: no necesitás más que un papel y un lápiz y hacés una historieta que podés publicar”.
Juan mezcla en sus creaciones a la literatura con el fútbol: publicó “El día del arquero”, escribió la sección de fútbol “Wing de Metegol” en la revista Página 30, que luego se transformó en un libro, y escribe semanalmente una columna sobre este deporte en Página 12. No es fanático, es hincha de Boca, dijo que le gusta la competencia y el juego. Juan debía quedarse en el diario para escribir sobre un partido que el club de la franja amarilla en la panza jugaría por la Copa Libertadores de América. Le agradecí y me despidió con un fraternal “para esto están los amigos”.
La literatura como eje
Le pregunté si había utilizado la literatura para conquistar mujeres: “Para ganarme no, pero para recuperar sí. ¡Sí señor! -gritaba mientras sonreía- hay cosas que uno sabe hacer, hay que usar las pocas boludeces que uno sabe y usarlas para cosas importantes”. Esa “cosa importante” es Liliana Sclair, coguionista de Mujeres Asesinas y ganadora del Martín Fierro. Contó que es el vínculo más importante que tuvo en los últimos catorce años. “En el primer tercio de la relación yo estaba inestable. No quería que viviéramos juntos”, se sinceró. Le pregunté si se podía relacionar el rechazo al compromiso con su infancia marcada por el desapego. Dijo que no, que “quizás un psicoanalista diga que sí. Quise volver, me sacaron la roja, me di cuenta que esa mina me importaba y tuve que laburar. Le mandaba poemas”.
Gran parte de las respuestas de Juan se relacionan con el fútbol: para él la literatura y la pelota no son pasiones excluyentes. “Si hay mucha gente que escribe y ama ese deporte, lo que pasa es que no escribe sobre eso pero le gusta. La novedad es que el fútbol se transforme en tema de reflexión, de escritura o de ficción”, explicó.
La vida de Juan tiene a la literatura como eje fundamental. Es su profesión, es su diversión y hasta vivió gran parte de su vida con una mujer amante de las letras.
Al salir del café nos cruzamos con Francisco De Narváez (candidato a gobernador de la Provincia de la Buenos Aires). “Que hijo de puta. ¡Candidato sin partido!”, me causó gracia el comentario y más el vocabulario barrial de Sasturain: las puteadas se intercalaban en la mayoría de sus declaraciones.
En 1971 colaboró en el área cultural del diario La Opinión, recordó anécdotas y destacó a sus compañeros: “Al lado estaba el gordo Soriano que estaba por escribir su primera novela, escribía Paco Urondo, Walsh... Hacían del periodismo un ejercicio de escritura consciente y creativa.”
Su trabajo le permitió andar por muchos lados: Rusia, Italia, Francia, entre otros países; le pregunté y respondió con orgullo: “He vivido siempre en la Argentina. Salvo tres años que viví en España. No puedo hablar con autoridad de los lugares que visité. Me gusta Barcelona, New York y Venecia. Son lugares que cualquiera puede disfrutar”. Juan se mostraba como un hombre común siempre. Actuaba como si sus historias fuesen las mismas que las de cualquier persona, entonces hice foco y pregunté sobre temas en los que sí puede hablar con autoridad: “Uno cambia la manera de escribir con los años. Se adquiere conciencia sobre lo que uno escribe y sobre tus límites. No por eso es mejor. La conciencia de la escritura es saludable pero por otro lado un exceso de conocimiento de tus medios es negativo porque conocés los efectos, y podés manejar ciertas recetas”.
Recuerdo claramente una frase de los encuentros con Juan Sasturain: “Para enamorar hay que estar enamorado; para poder transmitir la pasión por la literatura, hay que sentir la pasión”. Esa la transmitía en cada respuesta, en cada recuerdo, en cada reflexión: Juan Sasturain, un apasionado de la literatura.
Le pregunté si había utilizado la literatura para conquistar mujeres: “Para ganarme no, pero para recuperar sí. ¡Sí señor! -gritaba mientras sonreía- hay cosas que uno sabe hacer, hay que usar las pocas boludeces que uno sabe y usarlas para cosas importantes”. Esa “cosa importante” es Liliana Sclair, coguionista de Mujeres Asesinas y ganadora del Martín Fierro. Contó que es el vínculo más importante que tuvo en los últimos catorce años. “En el primer tercio de la relación yo estaba inestable. No quería que viviéramos juntos”, se sinceró. Le pregunté si se podía relacionar el rechazo al compromiso con su infancia marcada por el desapego. Dijo que no, que “quizás un psicoanalista diga que sí. Quise volver, me sacaron la roja, me di cuenta que esa mina me importaba y tuve que laburar. Le mandaba poemas”.
Gran parte de las respuestas de Juan se relacionan con el fútbol: para él la literatura y la pelota no son pasiones excluyentes. “Si hay mucha gente que escribe y ama ese deporte, lo que pasa es que no escribe sobre eso pero le gusta. La novedad es que el fútbol se transforme en tema de reflexión, de escritura o de ficción”, explicó.
La vida de Juan tiene a la literatura como eje fundamental. Es su profesión, es su diversión y hasta vivió gran parte de su vida con una mujer amante de las letras.
Al salir del café nos cruzamos con Francisco De Narváez (candidato a gobernador de la Provincia de la Buenos Aires). “Que hijo de puta. ¡Candidato sin partido!”, me causó gracia el comentario y más el vocabulario barrial de Sasturain: las puteadas se intercalaban en la mayoría de sus declaraciones.
En 1971 colaboró en el área cultural del diario La Opinión, recordó anécdotas y destacó a sus compañeros: “Al lado estaba el gordo Soriano que estaba por escribir su primera novela, escribía Paco Urondo, Walsh... Hacían del periodismo un ejercicio de escritura consciente y creativa.”
Su trabajo le permitió andar por muchos lados: Rusia, Italia, Francia, entre otros países; le pregunté y respondió con orgullo: “He vivido siempre en la Argentina. Salvo tres años que viví en España. No puedo hablar con autoridad de los lugares que visité. Me gusta Barcelona, New York y Venecia. Son lugares que cualquiera puede disfrutar”. Juan se mostraba como un hombre común siempre. Actuaba como si sus historias fuesen las mismas que las de cualquier persona, entonces hice foco y pregunté sobre temas en los que sí puede hablar con autoridad: “Uno cambia la manera de escribir con los años. Se adquiere conciencia sobre lo que uno escribe y sobre tus límites. No por eso es mejor. La conciencia de la escritura es saludable pero por otro lado un exceso de conocimiento de tus medios es negativo porque conocés los efectos, y podés manejar ciertas recetas”.
Recuerdo claramente una frase de los encuentros con Juan Sasturain: “Para enamorar hay que estar enamorado; para poder transmitir la pasión por la literatura, hay que sentir la pasión”. Esa la transmitía en cada respuesta, en cada recuerdo, en cada reflexión: Juan Sasturain, un apasionado de la literatura.
JUAN MANUEL VARELA.

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