martes, 20 de noviembre de 2007

Bravo vs. Etchecolatz

Diez años después

En 1997 y en su programa Hora Clave, el periodista Mariano Grondona invitó al socialista Alfredo Bravo y al ex comisario Miguel Osvaldo Etchecolatz para debatir, si es que una escenografía y un estudio televisivo pudieran permitirlo, sobre la última dictadura militar. Torturado y torturador, secuestrado y secuestrador, víctima y victimario; de izquierda a derecha, el conductor situó en una misma línea, bajo un mismo techo y una igual consigna a dos que no van a unirse nunca más. Tal vez por la necesidad de libertad de palabra que urge a quien ve silenciada su ideología de la manera más cruel, la de la persecución, tal vez por la ignorancia más plausible, los dos aceptaron su participación. La pregunta, sin embargo, le cabe al personaje intelectual, al ideólogo, al creador. Mariano Grondona ¿Por qué?


Sumar audiencia tiene que quedar fuera de análisis. Sería muy simple. El Grondona del mea culpa expuso todos los elementos necesarios para hacer creer a los televidentes que su lado era junto a Bravo. Callando a la mano derecha de Ramón Camps, dándole el pie para responder las mayores idioteces oídas- ¿Quién lo liberó a usted Bravo? ¡Massera!-, creando el escenario perfecto para que el discurso de un asesino fuera, lastimosamente, risible. En el medio, la teoría de los dos demonios y un libro que habla de una campana que nunca sonará pero que Mariano Grondona hizo sonar esa noche. Miguel Etchecolatz, condenado a 23 años de prisión por violación a los Derechos Humanos- desaparición de personas, secuestro, muerte-, y salvado por una maldita ley de obediencia debida, quedó ante nosotros- porque diez años después seguimos siendo los mismos-, como un insano, un deficiente al hablar, un tipo que confunde al maestro con el profesor y le grita-¡le grita!-, a su propia víctima asesino porque creyó en que el sistema podía ser diferente.


Grondona ocupó el lugar del mediador, del árbitro de un partido de fútbol y la hinchada se olvidó de tirarle huevazos al final del partido. Se olvidó Graciela Fernández Meijide, no tanto Miguel Bonasso, se olvidó Héctor Timmerman, no se olvidó el ex militar arrepentido que surcó la reconciliación que pretende un asesino. Se olvidó Grondona de los principios de un periodista ante la realidad, ante la verdad, ante el compromiso; o nunca los tuvo. Se equivocó Grondona pero no ante su platea derecha, ante su posición que nunca cambió y que supo desdibujar con un por mi culpa, por mi culpa, por su gran culpa. No se equivocó Grondona: fue fiel a su propia vorágine y ese fue su motivo, su razón, su por qué para seguir llamando comisario a quien fuera destituido de la Fuerza por crímenes de lesa humanidad. Hoy Miguel Osvaldo Etchecolatz cumple prisión perpetua por seis asesinatos y dos secuestros. Hoy Julio López, testigo principal de la investigación que lo condenó, continúa desaparecido. No se equivocó, en su lógica, Mariano Grondona ¿Nos equivocamos nosotros?

María Constanza Heller, Guin Basnight.

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