La maga Sofía
El pasado, de Alan Pauls
La maga Sofía
Editada por Anagrama en 2003, la novela del autor que también escribió el ensayo sobre la obra de Jorge Luis Borges, El Factor Borges, cristaliza el amor como una víctima más del pasado humano.
Quinientas treinta y ocho páginas que hablan de amor. No del amor corroído socialmente, bifurcado según etapas históricas, líquido como si de él hablara Bauman. Es un amor de ficción, cosmopolita, corroído por la violencia, la desesperación y la incertidumbre y bifurcado por la locura, el fatalismo y la obsesión que hacen a una historia, así y todo, simple entre un hombre y una mujer. Rímini y Sofía se desangran en El pasado para desangrarse en el presente de un relato simple. Y perfecto de Alan Pauls.
“...de remil putas ¿quién mierda te crees que sos? ¿Doce años estuvimos juntos y no tenés tiempo para mí? ¿Cómo podés ser tan basura, tan mierda? ¿Te crees que esto te va a salir gratis?”, le gritaba Sofía a su ex cerca de Callao, de Uriburu, de Lavalle, de ese centro oscuro y libertino de Buenos Aires, ciudad palpable en las cuatro partes del pasado. Porque todo sucede cerca, próximo, a pocos metros de quienes congelan en sus mentes la historia de estos dos como si fuera la propia. La avenida Las Heras, Caballito, Belgrano, la calle Vidt, la estación de subte Colegiales, el subte, el colegio Lasalle, el departamento que Sofía no alquiló en Cerviño, el Hospital Alemán son la escenografía flagrante donde nacen la separación, el sexo, la droga, el aborto, las novias pendejas, las novias maduras, la señorita adúltera de cuarto grado de Rímini, la madama terapéutica de nombre Frida y de apellido alemán, el suegro infiel y pequeño, su amante, la muerte de una mujer, la pérdida idiota de un hijo, la hoguera de arte de la que Rímini y Sofía decidieron salvar sólo a Jeremy Riltse y, con ello, su pasado. El pasado de Rímini y Sofía que vivo, latente, jamás a punto de languidecer, resplandece en mil quinientas sesenta y cuatro fotos sobrevivientes de una guardería de muebles inundada.
Sobrevive el porteño nacido en 1959, el autor de los libros de ficción El pudor del pornógrafo (1987), El Coloquio (1990) y Wasabi (1994), el crítico y guionista de cine (Los enemigos, 1983, Sinfín, 1986, El Censor, 1995, Vidas Privadas, 2001, Imposible, 2003), el Licenciado en Letras, el periodista que escribe para el Suplemento Radar de Página 12 y se pelea con Clarín cuando publica críticas extranjeras para analizar un libro argentino, de un autor argentino, editado en Argentina: “Un suplemento cultural como Ñ, que nace bajo la invocación de la resistencia cultural, podía haber demolido El pasado si quería. Pero ¿por qué no le pagó a un tipo de acá doscientos o trescientos pesos o las miserias que pagan para que lo hiciera? Si querían hacer mierda la novela, acá debe haber millones de personas a quienes no les gustó y que la habrían hecho mierda con gusto”. Despotrica, putea, y es como si la voz fuerte, directa, maciza de los personajes de su obra, que ganó el XXI Premio Herralde de Novela el 3 de noviembre de 2003, golpeara contra su nuez. Tal vez no la de Rímini que se vuelve desnudo espectador de su vida como si su nombre no lograra representar con vehemencia la ciudad donde nació Fellini y su capacidad quedara reducida al olvido, pero sí la de Sofía, esa mujer zombi, psicótica, que bien hace de su mote y de la memoria sabiduría. Ese extraño señor Alan Pauls -como lo perfila el chileno Bolaño y lo figura como uno de los mejores autores latinoamericanos contemporáneos-, ya había dicho alguna vez que a las mujeres de su vida les debe casi todo.
Casi todo o todo. El pasado tiene todo lo que una novela de quinientas treinta y ocho páginas que hablan de amor, de este amor entre Rímini y Sofía, necesita tener y que el portador de las mismas iniciales, aunque en un anagrama invertido, del autor de Leviatán inventó en cuatro años. Descripciones interminables que hacen de las aclaraciones semánticas, de las comas y, jamás de los puntos, herramientas de (guerra) literaria; agites bestiales y pornográficos de sexo y botellas de Ananá Fizz que van a entrar justo ahí donde tienen que entrar; imágenes traducidas a planos de cine; historias del pop británico reducidas al cuadro pútrido de un genio capaz de rebanarse un pedazo de boca para alcanzar la excelencia del arte y apodarla Herpes (prólogo de un agujero postizo que sólo puede representar lo que es); o una corte de depresivas crónicas, de Mujeres que Aman Demasiado, que tiene una reina, como una abeja, que mantiene vivo su panal, su pasado.
Una abeja reina llamada Sofía y que bien podría haberse llamado la Maga.

1 comentarios:
Por Constanza Heller
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