Encierro del Rock
TENDENCIAS POST CROMAÑÓN
El encierro del rock
Las imposiciones municipales endurecidas tras el incendio del boliche de Almagro dispararon en el ambiente musical alternativas sin control y que mantienen alto grado de peligrosidad.
Esta noche hay un recital en un departamento en Almagro. ¿En una departamento? Sí, en la puerta de Yatay al 400 (timbre 2) tras atender el portero eléctrico Guillermo Airoldi oficia de anfitrión porque con su grupo Adentro organizaron una fiesta con música en vivo. Los instrumentos a pasos de la cocina y el calefón. Guille apaga algunas luces, las melodías suaves y los sillones distribuidos estratégicamente alrededor de un improvisado e ínfimo “escenario”, recrean un universo más cercano a una siesta que a una noche de show. Sin embargo, el timbre suena constantemente y Guillermo pide a sus huéspedes que se acomoden, que ya vuelve. En una hora el cuarto (de cuatro por seis) donde el artista ejerce como profesor de trombón y de canto durante los días de semana está al borde del colapso. Alrededor de 35 personas han llegado con sus respectivas botellas de cerveza (el único requerimiento que pide el anfitrión para ingresar en su fiesta) y el espectáculo está por comenzar.
Este tipo de fiestas en casas (sin ninguna medida de seguridad), en quintas, o en boliches que se jactan de organizar fiestas clandestinas (pero que de clandestino tienen apenas el nombre), son tendencias que comenzaron a gestarse en diciembre de 2004 tras el incendio en el boliche Cromañón.
Músicos y encargados de seguridad de los boliches protestan por las medidas establecidas, al tiempo que los representantes del gobierno incorporan normas exageradas o que, quizá, no apuntan al centro de la cuestión. Son tiempos de barajar y dar cartas. A lo largo de este trabajo, conviven opiniones enfrentadas, y salen a la luz intereses contrapuestos. Todo forma parte de una realidad que presta a confusiones. Así será, por lo menos, hasta que los límites comiencen a clarificarse.
“El 30 de diciembre de 2004. El día que todo cambió”
Mariano Gileno es uno de los responsables de Asbury, un boliche de Flores que alberga a recitales y que, después de Cromañón, ha sido habilitado para recibir un máximo de 216 personas. El piensa que la tragedia de Once tuvo lugar porque “no había ningún tipo de exigencias”, y que luego quisieron solucionar todo en un día. Adrián Martín, un fiscal contravencional de la Ciudad de Buenos Aires, explica cuáles son las restricciones que el gobierno impuso a los boliches después del 30 de diciembre: “Los locales deben respetar una capacidad máxima, que fue nuevamente establecida luego de Cromañón; también deben ser inscriptos en un registro público de lugares nocturnos, que figura en la página del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires; deben tener un cartel en la entrada que señale la clasificación del local, la cantidad de personas que puede albergar y el nombre del titular; para los recitales, además, deben poseer un permiso especial y tienen que contratar un bombero, que permanezca dentro de las instalaciones”.
“Todo se eleva –sigue Gileno-. Hay muchos grupos que no siguen tocando porque no pueden cubrir los costos, entonces aumentan los precios de las entrada o buscan otro tipo de publicidad”. El último eslabón del efecto Cromañón parece ser el bolsillo del consumidor.
Son muchos los boliches que han cerrado sus puertas por no poder afrontar los gastos que requieren las nuevas exigencias. Los espacios para la expresión artística cada vez son más reducidos. Diego García, sociólogo recibido en la Universidad de Buenos Aires, explica que la cultura se construye de manera elitista y es atravesada por las relaciones de poder político. “Un sector de artistas se verá favorecido y protegido por el Estado, pero lo que pase alrededor de ese círculo privilegiado carecerá de importancia”, sentencia el licenciado.
Nicolás Rañales es el responsable de todos los espectáculos que se organizan en el Imaginario Cultural, un pintoresco bar ubicado en Bulnes y Guardia Vieja. “A partir de la tragedia, se instauró un nuevo término en la sociedad, que es habilitación”, dice Rañales. ¿Qué tal? ¿Estás habilitado?, preguntan los chicos apenas entran al local. “Nadie sabe qué es, pero está”, concluye. Gileno, por su parte, ya está cansado del público que sigue a las bandas de rock que recibe en Asbury: “Hay muchas veces que veo a pibes que mantienen las mismas actitudes; probablemente hayan estado en Cromañón, y siguen viniendo con un bolso lleno de papeles, que pueden originar un incendio. Después, si un encargado de seguridad los advierte, se quejan y dicen que el boliche es una porquería… no es así”.
Ecos de Cromañón
Más de dos años han transcurrido desde aquel trágico recital de Callejeros, donde perdieron la vida 194 personas. A pesar de la enorme dimensión del impacto, todo indica que los patrones de conducta en el ambiente del rock no se han alterado, y que los intentos por promover un mejor espacio se van desdibujando con el tiempo.
Rañales analiza las exigencias de los inspectores municipales: “En realidad, las reglamentaciones son las mismas, sólo que antes se ignoraban, recién ahora saben que te tienen que pedir una cantidad de matafuegos por metros cuadrados”. Por su parte, Matías Macaluse de 22 años, guitarrista de Pra-Cima, una banda reggae de la zona oeste de Buenos Aires, no sabe responder sobre estas cuestiones de seguridad. Comenta que ellos, cuando arman una fecha, no llevan control, porque saben que la gente que los sigue es tranquila.
García indica que la conmoción que produjo el incendio de Cromañón mutó, paulatinamente, en un significado vacío, porque no hubo de parte del Estado respuestas serias a la situación. “No es una cuestión de control. Las mismas oficinas públicas, como el ANSES, desacreditan las normas de seguridad; entonces, un problema es que el Estado no se sanciona a sí mismo”, critica el sociólogo. Las fiestas que se realizan en las Facultades de Filosofía y Letras y en la de Ciencias Sociales, desbordadas de personas y sin las normas de seguridad adecuadas, certifican las palabras del licenciado. El fiscal Martín agrega que, siempre que una actividad es tildada como peligrosa, se corta de raíz. Para explicar su postura, traslada la lógica al absurdo: “Se cae un avión. ¿Qué pasa? ¿Vemos cómo hacemos para que no se caiga, o los prohibimos? Y muchas veces resuelven prohibir aviones…”
En el estado actual de cosas, en materia de seguridad, Rañales cuenta que puede pasar lo siguiente: “Vas a un bar con tres amigos. Uno de ellos saca una guitarra, y se pone a tocar en la mesa. En eso entra un inspector, y le dice al dueño del bar:
-¡No, usted no puede hacer música acá!
-¡Yo no tengo nada que ver! El pibe sacó la guitarra y se puso a cantar…
-Bueno. Este lugar no está habilitado…
Y, si quiere, clausura el boliche.
Martín explica que habría que revisar la nueva normativa, punto por punto, para saber qué cosas aportan seguridad y cuáles entorpecen la situación. “Piden que el dueño de un lugar tenga actualizado el certificado que lo libra de antecedentes penales –ejemplifica-. ¿Cuál es el verdadero sentido de que alguien que cumplió una condena no pueda ejercer la actividad de tener un boliche?” El sociólogo García explica que, quizá, la garantía de espacios públicos para la expresión artística sería un germen de solución para esta difícil problemática.
Somos músicos, queremos tocar
El día que Rañales supo que se estaban haciendo fiestas y recitales en quintas, fue a ver cómo era, y no lo pudo creer. “Llegué de noche y había 500 tipos en pedo, y pensé: ¿Qué es esto? ¿Cómo llegó todo esta gente acá?” Toques en casas y fiestas en quintas. Salidas que los jóvenes encuentran para hacer lo que les gusta, cuando el Estado no ofrece opciones que los satisfaga. Macaluse, de Pra-Cima, cuenta que en Parque Leloir hace bastante que se usan las quintas para hacer reuniones: “Son fiestas que empiezan a la tardecita y, por ahí, terminan a la mañana del día siguiente… incluyen música, djs, barras, y tocan bandas en vivo”.
Se plantea una disyuntiva cuando se acumulan testimonios respecto a estas nuevas tendencias, que surgen y se diversifican de modos difíciles de prever: Macaluse explica que la movida misma empuja a tener que generar algo distinto y que, por ese motivo, empezaron a tocar en la propia casa del bajista de la banda. Por su parte, Rañales, dice que cada uno es libre de hacer lo que quiere, sin embargo, a su modo de ver, esa es una actitud muy hippie, que no conduce a nada. “Yo entiendo que los chicos están enojados con todo un sistema, pero no se dan cuenta de que así terminan más adentro que laburando. Desde tu casa no generás nada: no generás trabajo, no generás movimiento… tampoco adrenalina, ni nadie que te conozca”. El organizador revela los costos que maneja con las bandas: para tocar en El Imaginario, los jueves y domingos deben pagar $170. Los viernes y sábados la tarifa se incrementa a $250. “Antes cobraba más barato –aclara-. El aumento se debió a que hubo que hacer un montón de refacciones que, de algún modo, debimos amortizar”.
Al margen de cuestiones de sentido común, Martín recuerda que este año se anexó un nuevo artículo al Código Contravencional, el 110 bis de la ley 2195. Este agregado abarca a las fiestas clandestinas, que se organizan con fines de lucro: Será sancionado todo aquel que, mediante cualquier artificio, ocultamiento o engaño, encubra actividades de baile o permita el ingreso masivo de personas en lugares que no poseen la habilitación reglamentaria. El fiscal cuenta que los imputados en una inspección suelen esgrimir que se trata de una fiesta privada… “Cada uno permite el ingreso a su propiedad de la cantidad de gente que quiere, siempre y cuando no ejerza una actividad lucrativa. Cuando es así, los inspectores se acercan como cualquier hijo de vecino, y preguntan por la entrada; si les cobran el acceso, entonces tendrán los argumentos necesarios, para después obrar en consecuencia”. La multa establecida por el artículo 110 bis oscila entre los 500 y los 2000 pesos.
Otra banda que adoptó la posibilidad de hacer música en la intimidad de una casa es Guillermo Airoldi y Adentro. Cada tanto, invitan al público a acercarse al 400 de la calle Yatay, en Capital Federal, donde Guillermo, cantante y guitarrista del trío, convive con su novia. El mismo comenta que fue algo que surgió espontáneamente: “La primera vez que lo hicimos fue para inaugurar mi casa, en marzo de 2005. Luego, armamos unos ciclos, con tres artistas; pero, en principio, no se debió a la falta de lugares para tocar”. En una entrevista que tuvo lugar allí, en la misma habitación donde se reúne la banda, Airoldi aclara que, a sus 32 años, se mueve en un círculo totalmente ajeno al ambiente del rock, “donde siempre te quieren cagar”.
El impacto sonoro
Como Rañales, Gileno también se sorprende de la realización de las llamadas fiestas clandestinas: “Me llama la atención el fenómeno, porque en Asbury nos exigen requisitos que una casa nunca podría cumplir, como es un estudio previo de impacto ambiental que garantice el bienestar de los vecinos”. Los roles están marcados, y las diferencias se tornan evidentes: por un lado, quienes se ocupan de la organización de los shows en lugares sin las habilitaciones correspondientes en lugares públicos fomentan, por uno u otro motivo, la imposibilidad de tránsito por estos nuevos caminos que el arte propone; en el otro rincón, los músicos desconocen las restricciones oficiales, y parece no preocuparles el riesgo que acarrean estas acciones, que exigen la protección de todas y cada una de las personas que convocan.
El obstáculo más próximo y certero en cuanto a la realización de estas reuniones tiene nombre y apellido: Ruidos Molestos. La abogada Aurora Ruiz Díaz explica que no sólo se producen en una fiesta: “Es común que el detonante sea el encierro de un animal durante un período determinado. También, los ruidos constantes de un taller montado clandestinamente en una casa familiar son perjudiciales para los vecinos y susceptibles de ser denunciados”. Sin embargo, aclara que la perturbación debe ser mantenida para ser juzgada, y no es el caso de una fiesta aislada. “Aún en derecho debe prevalecer el sentido común”, analiza Ruiz Díaz.
Existe un factor determinante en cuanto a la expansión sonora producida por una banda: la amplificación de los instrumentos que utilizan. Es un tópico que abre grietas aún entre los mismos músicos, en cuanto a la manera que eligen para pensar y manejar estos acontecimientos. Pra-Cima opta por incorporar amplificadores en sus recitales, porque entienden que es la única manera de llegar a las 200 personas que van a sus shows en la casa donde se presentan generalmente. Entonces, antes de cada fiesta hogareña, recorren la manzana y hablan con los vecinos, para lograr consenso y evitar sorpresas durante el show. Macaluse cuenta que: “Las pocas veces que acudió la Policía, pudimos llegar a un acuerdo sin mayores inconvenientes sin que medie un billete ni nada, se les explicó la situación, se fueron sin problemas y pudimos seguir tocando”. Airoldi, en cambio, presenta un set acústico y relajado. Recuerda que sólo una vez debieron suspender el recital y fue porque, en esa ocasión, se habían reunido un jueves por la noche. “En general, no tenemos problemas con los vecinos, los sábados nos quedamos tocando el bombo hasta las cinco de la mañana, bailando y cantando. Al otro día escucho algunos comentarios de pasillo, pero nada serio”, comenta el músico.
Internet, la herramienta indispensable
“Nosotros pegábamos carteles, volanteábamos mucho, luego vimos que se estaban generando otros métodos”. Macaluse cuenta que creó un fotolog, especialmente para su banda, Pra-Cima (NdeR: página web personalizada), y que ese medio facilita muchísimo el trabajo de difusión: “Las últimas fechas las publicamos solamente en Internet y se juntaron entre 200 y 300 personas”.
La tendencia de las fiestas caseras exige, como bien dijo el guitarrista, que las mismas bandas generan nuevas ideas. Gran parte de ellas tienen que ver con la forma y las herramientas que utilizan para que el público pueda acceder a su música. En cuanto a la difusión de sus presentaciones, Airoldi también mete mano a las posibilidades que ofrece la tecnología: tiene una lista de contactos, en su correo electrónico, que se amplía a medida que conoce nuevas personas; a todos ellos envía la correspondiente invitación a cada una de sus reuniones. De todos modos, aclara que, cuando se trata de su casa, no realiza una difusión exhaustiva, porque las pretensiones son otras. En esos casos, presta más atención a la calidad del show y a las comodidades que pueda brindar puertas adentro, en detrimento de la posible cantidad de personas que pueda convocar.
García dice que los grupos quieren que la gente los vea y los contactos tienen más que ver con una cuestión contracultural relacionada a la Internet, a relaciones más horizontales. Guillermo Airoldi y Adentro no refleja la opinión del sociólogo, pero sólo por una cuestión de tiempos y crecimiento personal de su líder: él mismo recordó, a lo largo de la entrevista, sus épocas de joven rocker, cuando salía a tocar con su banda del momento y a romper con los esquemas tradicionales. Hoy experimenta otros caminos, que requieren una dosis de respeto y confianza hacia los demás: “Acá hicimos quince fiestas y nunca hubo un problema. Nadie va a venir borracho ni se va a descontrolar. Quienes tengan esa expectativa directamente no se enteran de mi propuesta, porque están en otra movida, como ir a la cancha o a una discoteca; tampoco creo que les interese… acá se aburrirían”.
Nunca perderá vigencia el viejo y conocido boca a boca. Tampoco dejarán los jóvenes de hacer la pegatina de afiches por las calles de la ciudad. Sin embargo, a esta altura de las circunstancias, queda claro que las herramientas informáticas representan el modo de comunicación más eficaz y accesible.
Las fiestas clandestinas, ya sea en casas, en boliches o en quintas sin las habilitaciones correspondientes se han instalado como una alternativa frente a las imposiciones post Cromañón. Los músicos reivindican esta modalidad y los encargados de boliches las critican como pueden. “El Estado no facilita la expresión artística de los músicos lo cual constituye una censura previa, una medida represiva. Ante esto, está fomentando involuntariamente estas fiestas y gestando nuevas alternativas cuyo desenlace es impredecible”, culmina el sociólogo Diego García.
Recuadro: ¿Dónde está la clandestinidad?
Diego García no comprende el por qué de llamar clandestinas a estas fiestas. Entiende que puede ser una deformación del término, porque en verdad esta modalidad no reúne las características de lo prohibido. “Son fiestas publicitadas con afiches en las calles y difusión cibernética, lejos están de la clandestinidad”, analiza el sociólogo. Se refiere a las difundidas en lugares como El teatro, El treatrito, Niceto Club, entre otras, donde un día de la semana se nomina a la noche, Fiesta Clandestina, pero de clandestino no tienen nada, porque al día siguiente en el lugar se realizan otras con diferente temática.
Buenos Aires Discordantes como ellos mismos se presentan en un mail de difusión, es “una banda de vientos que explora los ritmos de la música circense y la música balcánica, desde una perspectiva latinoamericana.” Este grupo, liderado por Ariel Sánchez, había convocado a la gente para que fuera a una fiesta en la denominada Casa Clandestina -Sarmiento 777-, el sábado 2 de junio, vísperas de elecciones en la Ciudad de Buenos Aires.
Sobre el filo de esa noche enviaron un nuevo mail a sus contactos, esta vez informando la suspensión del recital: “Pedimos disculpas, por razones que nos exceden, el show previsto ha sido suspendido”, alegaron. En el mismo correo, aclaran que los organizadores de la fiesta habían dicho tener pleno conocimiento de la situación y que de todos modos la misma se llevaría a cabo. “No organizan como deberían, ni la fiesta es tan clandestina como dicen”, sentencian.
Resulta evidentemente complicada la organización de este tipo de fiestas y, en el medio, los jóvenes, cautivos en la noche porteña. Las reuniones anunciadas en el Salón Pueyrredón, en Santa Fe y Godoy Gruz, también se suspenden con asiduidad, a causa de las inspecciones. El sociólogo concluye que “estas fiestas clandestinas terminan siendo un concepto vacío”.


1 comentarios:
MUY BUENO EL INFORME CHICOS.
SIGAN ASI!
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